domingo, junio 21, 2026

La visión

 LA VISIÓN CELESTIAL


ISAÍAS 6:6-8 RVR1960

[6] Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; [7] y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. [8] Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. 


El contexto inmediato es el de una tragedia nacional, la muerte del buen rey Uzías. Pero también el de la degradación de la vida espiritual y moral de Israel, robos, violencia, religiosidad superficial. Isaías tiene una visión de la Gloria de Dios en su Trono, una visión que de normal le llevaría a la muerte a cualquier mortal, pero es quitada su culpa y escucha en el Trono una pregunta: ¿Quien va a hacer algo para que las cosas cambien? ¿Quien será el mensajero de Dios? (en paráfrasis) Isaías respondo: yo, yo iré, llevaré a cabo la tarea de anunciar juicio, pondré en peligro mi vida, diciendo al pueblo, a grandes y pequeños lo que no quieren oir. Debemos entender bien que el hecho de que Isaías acepte la misión de Dios es aceptar una sentencia de muerte implícita. El profeta era alguien comprometido a la vida más díficil, a estar en contra de todo el pueblo, a ser objeto del odio, y a ser la diana en el la que los pecadores lanzan sus flechas contra Dios. Pero ¡esa visión! al Excelso, Glorioso, Santo, Sublime Dios en su Trono, ¿cómo vivir igual tras ver a Dios en su trono? Nosotros también debemos entrar en el Santuario cada día para ver a Dios. Necesitamos refrescar esa visión. Debemos escondernos de este mundo y refugiarnos en el Santuario, ver con asombro y terror la adoración que en el lugar más santo se presta al Santo, y salir de allí con un voto: vivir la vida celestial en este mundo terrenal.



ISAÍAS 5:5 RVR1960

[5] Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. 


La viña estéril de Dios, en quien Dios había invertido tanto, y que no producía nada, ha cruzado una línea invisible, y Dios ha tomado una decisión por su bien: quitar la valla de protección, abrir su cerca, hacerla vulnerable y débil. Al retirar su protección sobre Judá vendrán enemigos, guerras, saqueos, muerte y deportación. 

¿Y qué hay de nosotros? ¿Cuántas veces tenemos que rebelarnos contra Dios antes de que Él decida herirnos para que levantemos nuestros ojos al Cielo? “No seáis como el caballo o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti”. En nuestro amor a los sustitutos de Dios somos degradados, arruinados por el pecado, y la única forma que Dios tiene para que volvamos a Él es algo que nos saque del sopor del pecado, que nos espabile del adormecimiento de la idolatría y nos vuelva a Él.

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