“Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. ”
SAN LUCAS 22:44 RVR1960
¿Qué clase de batalla se estaba librando en el interior de nuestro amado Salvador para que orara de tal manera y con tal intensidad?
2. Debemos entender que los sufrimientos de Cristo en la cruz no fueron únicamente físicos, sino profundamente espirituales, ¡Jesús fue hecho maldición por nuestro pecado! El Hijo de Dios fue hecho maldito, apartado de Dios por nuestro pecado, ¡fue hecho pecado! (2 Co 5:21). Algunos eruditos dicen que es como si la misma Trinidad fuera rota.
3. Debemos entender la clase de relación que Jesús tuvo con su Padre desde la eternidad. Dios, quien existe en tres personas está unido en naturaleza y en una relación de amor y honra el uno al otro. El Hijo ama y obedece al Padre, el Padre ama al Hijo y dice que en Él tiene todo su contentamiento, ¡se complace en el Hijo! Todo lo que hace Jesús agrada al Padre.
Pensad en una relación de afecto humano, ¡qué dolorosa es la separación! No hay dolor como el que anhela al amado. Pues bien, a unas horas el Hijo de Dios iba a alejarse del Padre, y el Padre iba a mirar al Hijo como mira los pecados de los redimidos. ¡Qué ruptura tan incomprensible!
4. En el interior del Señor Jesús debían haber varias luchas simultáneas, la cruz no la deseaba, “si era posible” oraba, “que pase de mí esta copa”. ¡Así oraba el Salvador! Todo su ser se revelaba contra ese destino horrible. Escribo de esto con temor, ya que no entiendo lo que experimentó, y por la Gracia de Dios nunca lo experimentaré ¡porque Él murió por mí!
En su naturaleza humana, estaba siendo tentado más allá de lo que ningún hombre fue tentado. En su naturaleza divina, miraba la cruz y ser apartado del Padre con horror.
5. Y en medio de esta tentación ¡nadie estuvo más solo que el Hijo de Dios! Sus discípulos, dormían. Su amigo Judas le iba a traicionar, las multitudes iban a pedir su muerte, y el Padre le iba a abandonar. ¡Qué horror sufriste por nosotros, bendito Hijo de Dios! ¡Qué precio tan elevado por nuestro pecado! ¡Qué soledad tan absoluta!
6. Hermano, detente un momento y considera el precio de nuestra salvación. ¿Realmente lo valemos? Yo te respondo: NO, no lo valemos. El rey pagó por los rebeldes su vida, pero ÉL NOS AMÓ. ¡Nos amó! Esa es la clase de amor de la madre que se lanza a las llamas para rescatar a su bebé. El Hijo de Dios se arrojó a un infierno de Ira por amor a nosotros. ¿Qué clase de amor hace algo así? DE TAL MANERA nos amó, fue tal su amor que ni el amor más grande de los humanos haría algo semejante. ¡Bendito sea el Hijo de Dios que nos amó! No somos dignos, pero somos amados. Él sufrió la soledad de Dios para que nosotros disfrutemos de su compañía para siempre.
7. Hermano, considera tu pecado. Nuestro pecado LE HIZO ESO AL HIJO DE DIOS, nuestra desobediencia, comodidad, cobardía, indolencia llevaron a Jesús a la cruz. No es cosa liviana el pecado, es algo terrible. Todo pecado será condenado, juzgado y castigado. Nadie quedará libre del juicio de Dios, salvo los que nos escudamos en el Salvador, Quien llevó nuestra culpa. ¡Confía en Él! Aborrece tu pecado y tu maldad, y arrójate en los brazos del Salvador, en Él hay descanso y paz para los rebeldes.
8. Guarda silencio ante Dios. No digas nada ni te precipites a decir nada. Contempla a Jesús en ese huerto, orando intensamente, sudando como grandes gotas de sangre. Mira su soledad, mira su lucha. Jesús ya está siendo roto por dentro. Nadie ha estado tan solo jamás. Míralo. No hay acto de valor semejante, ni acto de amor igual. Nuestro cristianismo se trata de Él. Es el centro de todo. Y allí está ocurriendo nuestra salvación.