“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. ”
SAN LUCAS 6:35 RVR1960
De todos los líderes religiosos ninguno hubiera podido dar semejante mandamiento a sus discípulos, pocas cosas son tan anti naturales como amar a nuestros enemigos. Para nuestra condición caída, rebelde a Dios, sencillamente no podemos amar a nuestros enemigos. Quizás porque las heridas que los enemigos nos hicieron nos dejaron sin fuerzas, o quizás porque la rabia y los sentimientos de injusticia nos tienen encarcelados en el remordimiento.
2. Pero esos hombres que reciben el mandamiento son personas que han entrado en una relación con Dios por medio de Jesucristo. Pronto descubrirán a Alguien verdaderamente inocente que muere en la cruz perdonando a los enemigos y encomendando su alma a Dios. Y es por esa muerte que ellos serán perdonados, porque ellos están del lado de los que han ofendido a Dios.
3. Todo pecado, desobediencia, rebeldía, es una ofensa a Dios y la cruz es la respuesta de Dios a nuestro pecado. Jesús fue aplastado ofendido y víctima por el pecado, por eso el discípulo puede mirar a Jesús y buscar en Él el poder para amar cuando él no encuentra fuerzas para amar ni para perdonar.
4. El vacío que produce la ofensa y el odio sólo puede ser satisfecho por el amor de Jesús. Si vivimos una vida religiosa nunca estaremos saciados ni satisfechos de su amor. No somos llamados sólo a obedecer, sino a tener comunión con el Dios vivo por medio de Jesucristo, y así alimentarnos de su amor. La vida cristiana no es estoicismo, sino el poder de la resurrección de Cristo, y su amor llenando los corazones de aquellos que son perseguidos por su Nombre.
5. Una nueva naturaleza. Ignoramos las profundidades del amor de Dios. Ignoramos la grandeza del amor de Dios, la profundidad de su compasión, la ternura con la que nos anhela, la paciencia con la que nos espera. Esa es la naturaleza amorosa y compasiva de Dios. Por eso, cuando amamos como Dios ama, se nos prometen dos cosas, una gran recompensa, y el reconocimiento de ser hijos del Altísimo Dios, es decir, la verdadera grandeza a los ojos de Dios. Para nosotros los hombres la grandeza es otra cosa bien distinta, tiene que ver con el éxito y el poder, pero para Dios la grandeza es el perdón y el amor a los enemigos, por eso, al amar así debemos poner los ojos en el reconocimiento de Dios, y en la clase de vínculo que nos une a Dios en Su naturaleza amorosa.
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