DEVORA ESE LIBRO
APOCALIPSIS 10:8-10 BIBLIA TEXTUAL
Y la voz que oí del cielo habló de nuevo conmigo, y me dijo: Vé, toma el rollo abierto de mano del ángel que estuvo en pie sobre el mar y sobre la tierra.
Y fui hacia el ángel, diciéndole que me diera el pequeño rollo. Y me dice: Toma, y devóralo, y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.
Y tomé el pequeño rollo de la mano del ángel, y lo devoré; y en mi boca era dulce como miel, pero cuando lo comí, se me amargó el vientre.
El apóstol Juan recibe una orden que antes recibieron los profetas Jeremías y Ezequiel: devorar (comer, en otras traducciones) el mensaje de Dios antes de anunciarlo a otros. La idea es sencilla, y poderosa: el profeta debe identificarse completamente con el mensaje que le es dado. Debe devorar la Palabra de Dios, saturarse de ella, antes de predicarla. La Palabra de Dios debe poseer sus pensamientos, integrándose con él, de modo que no haya distinción entre los pensamientos del profeta y los pensamientos de Dios. Lo mismo debe ocurrir con el cristiano, embajador y anunciador de Jesucristo en los días actuales.
Ser débiles en el conocimiento de la Palabra de Dios, es ser débiles espiritualmente. Nuestra meta debe ser que la Palabra domine nuestros pensamientos, que se apodere de nuestra mente y sea nuestro deleite interior. Sólo así habrá poder en nuestra misión.
En los días actuales notamos mucha debilidad en la Palabra de Dios. El creyente promedio está saturado de entretenimiento, pero anémico de Dios. Dedica muchas horas a la pantalla, apenas minutos al Libro de Dios, y como consecuencia su vida cristiana es escasa, superficial, débil, y no encuentra mucha satisfacción en ella. El llamado al creyente es a salir de la ciudad, a encontrarnos con Dios en el desierto, a ayunar del mundo y a buscar la presencia de Dios y encontrarnos con Él en Su Palabra. La capacidad para que ella nos influya va en proporción al tiempo y atención que le prestemos. Debemos sumergirnos en ella para que ella cale en las capas más profundas de nuestra alma.
Come y digiere. El apóstol devora el libro, y lo digiere. En su boca es dulce, pero al llegar a su vientre encuentra lo duro, difícil, fuerte que es este mensaje. La Palabra debe ser probada, no superficialmente, sino ser procesada por completo en nuestro interior. El juicio a este mundo no es algo agradable, pero tampoco lo es el pecado con el que este mundo ofende a Dios.
Para “digerir” la Palabra necesitamos tiempo. Esto es, guardar silencio ante Dios, meditar, esperar, considerar, orar. La Palabra es viva, no debemos dejar que pase por nuestras mentes sin efecto alguno. Cuando Juan meditó el librito, entendió las duras consecuencias de los juicios de Dios, lo solemne y terrible que es la Ira de Dios, aunque esto suponga la vindicación de Su Iglesia.
Hemos construido un cristianismo de mínimos, con una mínima exposición a la Palabra de Dios. El creyente debe ser un discípulo que está expuesto a las enseñanzas de Jesucristo, abundando y siendo lleno de la Palabra. Es nuestro privilegio y necesidad ser llenos de Dios para ser protegidos del malvado engaño que empapa nuestro mundo sin Dios. Que el Señor nos guíe a una fe más profunda, a una intimidad más profunda, a un crecimiento más firme, a una vida más saludable, y prepare nuestra alma para el aire puro del Cielo, para Su presencia en Aquel día, y que Él sea glorificado en la obediencia a Su Palabra.