Salmos 137:1 NTV
[1] Junto a los ríos de Babilonia, nos sentamos y lloramos al pensar en Jerusalén.
¡Qué escena tan triste la de aquellos que fueron deportados a Babilonia! Tras el anuncio de muchos profetas, su pecado les llevó a ser arrancados de su tierra para ir a tierra de ídolos. Fue entonces que les pidieron que cantaran en esa tierra extraña. Allí, lejos de casa, aprendieron a cantar a Dios, y a esperar en Dios, deseando volver al centro de su vida espiritual: el Templo.
Ser llevados por Dios al sufrimiento para añorar cosas mejores, es algo que Dios hace para perfeccionarnos. A veces somos llevados a situaciones para que aprendamos a orar, a esperar con paciencia,y a reflexionar. Para el hijo de Dios ningún sufrimiento es inútil.
La deportación y todo ese sufrimiento no fue algo esteril, produjo arrepentimiento, Judá fue curada de la idolatría, nunca más Israel volvió a Baal. Y es que cuando Dios hiere es para perfeccionarnos, acercanos a Él y madurar. Ellos aprendieron a valorar sus privilegios espirituales, el Templo, los sacrificios, la Ley, las bendiciones y el Pacto. No es poca cosa lo que Dios había hecho con ellos. ¿Valoramos nosotros nuestros privilegios espirituales? ¿Damos prioridad por encima de todo a nuestra herencia espiritual?
Sentarse y llorar: Dios necesita que detengamos nuestra actividad (a veces actividad pecaminosa) para que nos sentemos a reflexionar y a lamentar nuestros errores. Una de las cosas que el Enemigo de nuestra alma busca es quitarnos el tiempo para reflexionar, el pecado llama a la acción sin reflexión. La impulsividad es la gran aliada del pecado, actuar sin pensar, y sobre todo sin tener en cuenta a Dios. La cura de todo ello es el desierto, un tiempo de espera donde Dios nos detiene y nos invita a pensar en lo que hicimos. Si en tu vida no tienes espacios abundantes para hacer silencio y reflexionar es que estás viviendo un activismo estéril, la vida espiritual requiere pensar mucho, reflexionar en el contenido de la Palabra de Dios, y exponer nuestra vida ante Dios en un diálogo calmado y sincero con Él.
Lo tercero que Dios produce en ellos es “pensar en Jerusalén”, pensar en lo que han perdido, ¿valió la pena? Ellos deseaban ídolos, así que fueron llevados a tierra de ídolos, un gran país donde tenían libertad de prosperar, de adoptar la identidad Babilonia, pero ¡ellos no querían eso! añoraban la tierra que habían perdido, pues bien, era el momento de “pensar en Jerusalén”. ¿Cuál es nuestra Jerusalén? ¿Cual es nuestra esperanza? ¿Pensamos en ella? Nosotros también estamos viviendo en una Babilonia temporal, y se nos llama a los mismo, a sentarnos, a no poner nuestra esperanza aquí, y a vivir para nuestro destino definitivo. ¿Piensas en la vida que te espera cuando Jesús sea manifestado? ¿Te estás preparando para ese día y para la eternidad en el Reino de Dios? ¡Ese es nuestro llamado y nuestro hogar real! Que todo lo que hagas esté orientado a la eternidad.
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