RECUPERANDO EL TRONO
Isaías 45:7 NTV
[7] Yo formo la luz y creo las tinieblas; yo envío los buenos tiempos y los malos. Yo, el Señor, soy el que hace estas cosas.
Desde el capítulo anterior Dios está explicando su naturaleza frente a los ídolos. ¿Era necesario explicar esto? Sin duda, debido a la idolatría de Israel. Un ídolo no es nada en comparación con Dios, cuyo poder se ha manifestado en la creación, Él es quien sostiene todas las cosas, es quien está detrás de todo lo que existe. Nuestra mente no alcanza a comprender el poder y el alcance de su soberanía. Todo viene de Él.
Esta explicación nos tiene que mover a adorar, a humillarnos ante un Dios que conocemos, pero no comprendemos. Él es Dios, ocupa una categoría única (“fuera de mí no hay quien salve” “a otro no daré mi gloria”), entenderlo nos debe hacer conscientes de nuestra humanidad en relación con Él. Uno de los retos del cristianismo de hoy es comprender que Dios es el centro de todo, y que la adoración es el latido persistente que nos mueve hacia Él. Dios es el centro de nuestro sistema, familia, sociedad, iglesias, ¡todo! no es “algo” que hacemos para poder desentendernos de Él y seguir con nuestros asuntos, sino que es un Alguien persistente que subyace en todo, que está presente en todo lo que hacemos. Es en su deidad que nosotros comprendemos nuestra humanidad, es en su divinidad que nosotros descubrimos nuestra verdadera humanidad.
El reto del cristianismo de hoy no es construir argumentos que convenzan a otros de su existencia, sino coronar a Dios en el centro de nuestro ser, para que cualquiera que vea nuestras vidas tenga la “Experiencia de Isaías” al ver a Dios en su trono.
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