"Entonces David les dijo a Abisai y a sus sirvientes: —Mi propio hijo quiere matarme, ¿acaso no tiene este pariente de Saúl todavía más motivos para hacerlo? Déjenlo en paz y permítanle que maldiga, porque el Señor le dijo que lo hiciera. Y tal vez el Señor vea con cuánta injusticia me han tratado y me bendiga a causa de estas maldiciones que sufrí hoy."
2 Samuel 16:11-12 NTV
David está huyendo de su hijo Absalón, quien se ha hecho con el poder, y ahora se levanta contra su padre. En la huida, Simei maldice a David, lleno de rencor por la caída de la casa de Saúl. En lugar de vengarse o matar a Simei, David decide recibir los insultos y lo hace con un propósito que el Señor vea la injusticia, y que el Señor decida tomar partido. Dicho de otra forma, decide no vengarse y poner en manos de Dios el asunto, para que sea Dios Quien intervenga.
¿Cómo reaccionamos cuando recibimos una injusticia? ¿Intentamos nosotros hacer justicia? Me pregunto qué clase de confianza hay que tener en Dios para saber que es mejor que Él intervenga a que nosotros lo hagamos. David se mueve en la certeza de la fe, sabedor que Dios observa su vida, y que obra en medio del devenir de la misma. Sus ojos están mirando a Dios, no sólo al mundo de los hombres, este teatro en el que transcurre todo, pero sabe que el mundo invisible manda sobre el mundo visible, y que Dios es soberano y juzga. Y así será, porque el silencio de David, que no es entendido por Abisai y otros oficiales, es entendido por Dios.
A pesar de los pecados de David y sus tropiezos, David sigue siendo un hombre de fe, y ha entendido algo que muchos creyentes no terminan de entender, que Dios gobierna los asuntos de los hombres, e incluso las voluntades de los mismos, como veremos en el siguiente capítulo al frustar el consejo de Ahitofel. Dios gobierna, ¿no es mejor confiar en Su justicia dejando la venganza en sus manos? Dios gobierna, ¿no es mejor andar de tal forma que le agrademos en todo?
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