Por qué lo hacemos

martes, marzo 13, 2012

Cuando estás sirviendo en la obra, en el ministerio, en la iglesia (como quieras llamarlo) es fácil que pierdas de vista por qué estás haciendo lo que estás haciendo. Si por un momento lo pierdes de vista es fácil que te fallen las fuerzas, o te venga el desánimo, la amargura o el cansancio.

No lo hacemos por el reconocimiento, aunque no me considero invulnerable al orgullo ni a otros pecados. Tampoco lo hacemos porque en ocasiones sea agradable y la carga ligera. Lo hacemos porque sabemos Quien nos escogió, nos salvó y nos llamó de la perdición a su Reino. Es cierto que a veces puede que me mueva un vacío sentido de la responsabilidad, del deber, pero pronto me debo recordar a mí mismo que la causa es Él, Su amor. Que vino a este mundo lleno de gente ingrata lleno de Gracia y de Verdad, que entregó su vida siendo maldecido, y todo lo hizo con los ojos puestos en sus redimidos.

Estoy eternamente agradecido a mi Dios y Señor porque servirle, aunque ha tenido momentos duros (y estos son cuando ves sufrir a alguien amado, o cuando alguien abandona la fe) la tónica general ha sido un gran gozo al servir con hermanos, compañeros de armas espirituales, quienes han sido magníficos compañeros de milicia, leales amigos, maestros del cristianismo sencillo y auténtico.

Me encantaría hacer aquí una lista de estos amigos, pero temo que me dejara a alguno fuera, además, a alguno le sacaría los colores al leer su nombre aquí.

Servir al Señor, a Su causa, a Su obra y a Su amada con tan magníficos compañeros es una delicia, una bendición, una escuela y un gozo. Ellos me ayudan a ser mejor de lo que soy, a mantener el equilibrio en mi vida, y a tener el enfoque adecuado. Pasarán los años, quizás nos separemos por las circunstancias de esta guerra, pero volveremos a encontrarnos, en moradas eternas, donde por siempre seguiremos disfrutando del servicio a nuestro gran Dios y Salvador. Estamos unidos para siempre con cadenas de color carmesí, que brotan del Crucificado, comprados por la Gracia del Salvador, cubiertos por la Justicia del Resucitado.

Pasarán mil años, y tras esos mil, veinte mil, quizás olvide muchas cosas, pero nunca olvidaré que me amaste y moriste por mí.

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